Farc, ¿por qué no cambias de estrategia?

Por: María Teresa Ronderos

Si todos los reportes oficiales son verdaderos, en las últimas semanas las Farc le arrojaron una granada al patrullero Ronald Ruiz y a su familia, matando a su hija Isa, de tres años, en Arauca; oscurecieron la tragedia humanitaria de Buenaventura dejándola sin luz; volaron la tubería del acueducto rural del Ariari, dejando sin agua a 16.000 campesinos de Fuentedeoro y de Granada, en Meta; tiraron voladores explosivos en Neiva, dañándoles varios negocios a los comerciantes; incomunicaron a pobladores de Algeciras, Huila, volando una torre de telefonía celular; obligaron a los conductores de 23 carrotanques a verter al río Tigre 5.000 barriles de petróleo que transportaban entre Campo Alegre y El Tigre, en Putumayo, intoxicando el agua, dificultándoles el paso a los 300 estudiantes de Maravélez, saboteando la pesca y la agricultura a los campesinos y matando lentamente los árboles de chocho y los guamos.

Toman impulso para inaugurar con fuerza este segundo mandato de Santos que comienza y no dejarse arrinconar en la mesa de La Habana. Es lo mismo de siempre, como si no se dieran cuenta de que la manida estrategia les funciona al revés. En lugar de engrandecerlos en la mesa, los debilita.

Arreciar la guerra maximizando el daño contra la población civil es dejarse ver la fragilidad militar. Según las cuentas de la Fundación Ideas para la Paz, en los últimos años, las Farc prácticamente ya no hacen operaciones de alto esfuerzo militar (tomas de instalaciones militares o de pueblos). Se han dedicado a las de menor esfuerzo militar (minas antipersonas, sabotaje, francotiradores). Es lo que pueden hacer. La prueba son las últimas acciones; hasta un petardo dirigido contra el Batallón Boyacá en Pasto terminó hiriendo a dos civiles.

Políticamente, el eco de sus gritos de guerra resuena incoherente. ¿Quién entiende que estén exigiendo con ahínco en La Habana mejores condiciones para los campesinos y respeto por las vidas y los espacios reales de los opositores políticos, y que para hacer valer esas exigencias dejen a los pobres sin luz, intoxiquen el agua de los campesinos, vuelen bienes públicos vitales?

Como dijo el presidente Santos, confunden a la gente y cavan su propia fosa porque cosechan más odio. Ni qué decir del juego que le hacen a la extrema derecha, cuyos alegatos guerreristas se impulsan con cada petardo de las Farc.

Quizás sea verdad, como argumentan los guerrilleros, que no sólo ellos afectan a la población; que en realidad, cuando el Estado bombardea, también causa víctimas colaterales y fuerza desplazamientos de campesinos. Es la guerra la que es dañina, dicen.

Pero eso no cambia la realidad política de que, luego de cada poblado que dejen sin luz o sin agua, de cada niño que vuelen con granada, su estatura en la mesa de negociaciones decrece. La autoridad moral que puedan haber ganado en dos años de argumentos valederos a favor del desarrollo más equitativo en el campo y de que cese la guerra sucia contra la oposición política, la pierden en un minuto de llanto del patrullero padre de Isa.

Ya es hora de que cambien de estrategia si buscan hacer valer su voz con más fuerza en la mesa de La Habana, porque esta de atacar a la gente les está saliendo mal. Pierden ventaja y, lo que es mucho peor, nos alejan a todos de la paz.

P.S. Me voy a trabajar fuera de Colombia por un tiempo, por lo que lamentablemente debo dejar esta columna. Quiero agradecerles a los lectores su atención, y muy especialmente a El Espectador y a Fidel Cano por la generosa acogida que me han dado en este diario.

Via: El Espectador

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