El conservatismo, la fuerza que decide

Como en las presidenciales de hace cuatro años, el partido del trapo azul vuelve a tener en sus manos la posibilidad de poner presidente en cuerpo ajeno. ¿Por quién se inclinará y bajo qué condiciones?

Por: Élber Gutiérrez Roa

Una de las quejas más comunes entre los colombianos que reniegan de la política tiene que ver con eso que llaman las “viejas costumbres” de los dirigentes y que hace alusión a las maromas por ellos empleadas con tal de mantenerse en el poder. Artilugios entre los que sobresale el travestismo político, esa la capacidad mimetizarse en donde sea, más allá de las orientaciones políticas, de las ideologías o las propuestas de gobierno.

“Lentejismo”, le decía hace muchos años Laureano Gómez cada vez que quería fustigar a sus copartidarios conservadores por ayudarle a hacer gobierno a Enrique Olaya Herrera, el primer presidente de la Hegemonía Liberal (1930-1946). Vendidos, para poner en castizo el episodio bíblico al que Laureano Gómez aludía y que con el paso del tiempo (entre lentejiada y lentejiada) dejó de ser un acto vergonzante para convertirse en una práctica común que garantizaba al conservatismo el oxígeno necesario para mantenerse en el poder sin necesidad de tener presidente. Pragmatismo político le dicen hoy muchos veteranos congresistas.

Con esa misma practicidad los líderes conservadores se han asegurado, por ejemplo, la vigencia política en los últimos 12 años. Desde la salida del poder de Andrés Pastrana (quien paradójicamente centró su gobierno en las negociaciones con las Farc y ahora le pide a Juan Manuel Santos cambiar el discurso sobre la paz), el partido del trapo azul ha pelechado de los gobiernos, incluso dejando al garete a sus precandidatos presidenciales para terminar al lado de aspirantes con mayor opción de triunfo.

Desde el ya fallecido ex canciller Augusto Ramírez Ocampo hasta el ex ministro Juan Camilo Restrepo intentaron el aval de su partido para ser candidatos presidenciales y en algún momento les tocó hacerse al costado, ya que el pragmatismo –siempre apoyado en los estatutos de la colectividad – indicaba que era mejor apoyar a otro candidato.

Dos veces le ayudaron a gobernar a Álvaro Uribe, mientras eran atendidos con generosa burocracia. Luego ingresaron a la Unidad Nacional del presidente Santos, ayudando a inclinar la balanza para que derrotara en segunda vuelta presidencial a Antanas Mockus. Ahora, una vez más, tienen en sus manos la posibilidad de poner presidente, aunque no es tan seguro que apoyen de manera unánime a Santos.

Las dos campañas que pasaron a segunda vuelta (la de Santos y la de Óscar Iván Zuluaga) saben que el voto de los conservadores puede ser garantía de éxito por su disciplina. Por sentado se da que muy pocos de los dos millones de votos del Polo Democrático apoyarán a Zuluaga. Y se sabe también que el elector del Partido Verde es más de opinión. Pero el voto conservador, especialmente el del conservador de las áreas rurales del país, es un voto que conoce más de lealtades heredadas que de otra cosa y la apuesta de las dos campañas que están en la pelea será conquistarlo. Zuluaga tiene la ventaja de ser el ungido de Uribe, el único político colombiano del último decenio que resultó imbatible en las urnas. Santos cuenta con el poder de seducción de la mermelada, que tanto le gusta al conservatismo.

Hábiles para calcular resultados, los hermanos godos saben que en un gobierno uribista siempre serán bien tratados, pero no pueden descuidar que aunque Santos no obtuvo la mayoría de votos en primera vuelta, la idea de la paz negociada con las Farc si le ganó a la de la mano dura. Es decir, Santos perdió ayer, pero nada asegura que será derrotado el 15 de junio. Usualmente aciertan cuando de este tipo de apuestas se trata.

Queda la incógnita de si los congresistas conservadores, conquistables con mermelada de la burocracia, tienen tanto poder para persuadir a sus bases de votar en favor o en contra de alguien.

Y también falta por ver hasta qué punto es capaz el gobierno Santos de tender puentes con Andrés Pastrana, el expresidente conservador que aupó la candidatura de Marta Lucía Ramírez y logró con ello reencaucharse después de salir de la presidencia con niveles de popularidad incluso inferiores a los de Ernesto Samper, el eterno rival liberal por culpa del cual también se distanció de Santos.

Con Samper de por medio, no parece fácil que Pastrana se reconcilie con Santos, pero casos se han visto. Si Pastrana estuvo tan lejos de Uribe y hoy aparecen en la misma orilla; si Santos y Gustavo Petro rivalizaron y ahora son aliados; si Uribe se fue a los puños con Fabio Valencia Cossio y luego lo nombró ministro…
Finalmente, ninguna cuenta que se haga sobre la mejor forma de sacarle provecho a los dos millones de votos conservadores de ayer puede limitarse a las viejas directivas del partido, ni a su ahora revitalizado ex presidente Pastrana. Deberá también tener en cuenta a Marta Lucía Ramírez, la mujer de clase media (así se definía ella en su campaña) que a punta de trabajo y contra muchos de esos viejos caciques azules graduados en lentejismo, incluso contra los dictámenes de las encuestas, hizo una candidatura decente, sin agravios y exitosa. Tanto, que los conservadores tienen otra vez la opción de inclinar la balanza y elegir presidente de la República.

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