Recuerdos de aquel 7 de febrero, cuando estalló la bomba en El Nogal

Se cumplen 11 años de la tragedia, un hecho que marcó a la ciudad para siempre.

‘Yo lo vi’

nogal3Yo cumplo el 7 de febrero, es decir, hoy. En ese entonces, mi familia vivía en el edificio Santa María, el más cercano al Club El Nogal, en el costado norte. Ese día yo había trabajado muy duro y estaba cansada. Toda la vida he celebrado el cumpleaños con las compañeras del colegio, pero ese día dije: “Mejor lo celebramos mañana”.

Estaba viendo televisión y de repente hubo una explosión de tal naturaleza que la luz que tenía encima se dañó junto con todo el circuito. Me salí descalza y los vigilantes que trabajan en el edificio me dijeron que habían puesto una bomba en El Nogal.

En el edificio no quedó una sola puerta, una sola ventana. Todos los muros perimetrales se cayeron en las escaleras centrales. Los que estaban en los apartamentos, que eran pocos, se salvaron de una manera milagrosa.

Dos vecinos, de los que vivían en la parte más alta del edificio, se dieron cuenta que varias personas que estaban en el club en el instante de la explosión se quedaron colgadas de una viga que daba contra el edificio. Esa gente, viva, pedía ayuda.

Literalmente, del apartamento 502 sacaron colchones y los pusieron sobre la zona de parqueadero porque todos los muros se cayeron.

Una canal que se reventó, la juntaron con la viga para que la gente que estaba allí suspendida, pidiendo auxilio, se descolgara y cayera en los colchones.

Por el edificio Santa María alcanzaron a salir 32 personas vivas del atentado. Una de las cuales se había salvado también del Palacio de Justicia.

Ese día, esa persona se quedó en la cafetería del club. Cuando Bomberos logró montar las mangueras y la escalera, lo bajaron cogido del brazo. Y, ese hombre, un tiempo después de salir del hospital, me dijo: “Apenas vi a María Amalia supe que me podía desmayar”.

En el cuarto piso, por ejemplo, uno de los vidrios cayó en la mitad de una cama. En el primer piso, una señora que se sentaba en el patio todos los viernes con sus amigos a tomarse unos tragos ese día decidió que no se sentaba allí, sino que lo haría esta vez en la sala. Y el patio, unas horas más tarde, quedó con escombros de un metro.

Una señora, llena de angustia, se botó del cuarto piso del club al edifico y quedó paralizada. Pero ella está viva actualmente.

El edificio quedó destruido. Toda la gente tuvo que irse por un periodo de nueve meses mientras se reconstruía por completo. Si uno lo piensa hoy en día, el edificio Santa María debe estar orgulloso porque gracias a él y a algunos de sus propietarios pudo salvarse gente que de otro modo habría quedado atrapada para siempre.

Por allí entraron todos los organismos de socorro. Entonces, ¿qué le queda a uno como lección? La colaboración.

Pero de todos modos es muy difícil superarlo. Voy a decir dos cosas horribles. A parte de la colaboración me quedaron dos recuerdos definidos: un olor impresionante, muy fuerte, muy marcado y el sonido de las ambulancias que todavía recuerdo como si fuera ayer.

Nadie se imagina cómo fue aquello: durante cinco días, por ejemplo, hubo una persona a la que no pudieron descolgar de la viga. Todos pensaban que las víctimas eran solo las del club. Y no. En el edificio de al lado pasó algo muy fuerte, aunque no de la misma magnitud. Por eso, parte de sanar las heridas es hablar.

No hablar no sirve para nada. Yo creo que se puede compartir. Mucha gente que salió viva volvió después a agradecerme.

Mi cumpleaños quedó totalmente atravesado por ese recuerdo. Normalmente yo celebraba, pero desde ese día perdió importancia.

‘Yo lo viví’

Estábamos mi esposo, mi hijo Alejandro y yo acostados en la cama, debajo de las cobijas, viendo una película. Era viernes, hacía frío y esperábamos a que pasara el pico y placa.

Juan Carlos, que tenía 22 años, llama a su hermano Alejandro, que tenía 20, y le dice que por qué no se va hasta el club a comer algo.

Entonces Alejandro se levanta, se pone el pantalón y, antes de salir, nos toma del pelo. Casi se lleva al papá, pero al final mi esposo decidió quedarse. Sale sin compañía, baja al garaje y se va para el club. Eso ya da una idea de la relación de los dos hermanos, la unión que tenían.

Él, Alejandro, había decidido empezar a estudiar animación y llevaba apenas unos días en eso. Nosotros vivimos a dos cuadras del club.

Yo me quedo un instante y digo: “Ya no vamos a salir, me voy a empiyamar”. Llego al baño, cierro la puerta y siento como si un talego de papel se hubiera estallado. Cuando en todo el perímetro se oyó hasta donde se oyó, cuando se vio todo lo que se vio aquel día, es un regalo de Dios que yo no haya visto ni oído nada.

Sin embargo, ese leve sonido me alerta y llamo al celador, que me dice que hubo una bomba en el Nogal. Nos ponemos una sudadera y bajamos a ver. Mis hijos no contestaban el celular.

Uno se pierde entre tantos comentarios y como no los encontraban, yo me los imaginaba metidos debajo de una piedra esperando a que alguien los sacara.

Pero, por algún motivo, yo los veía juntos cuando no tenían por qué estar juntos. El tiempo entre la salida de Alejandro y la explosión no es nada. Y yo no sé dónde quedó, prefiero no saberlo. Juan Carlos estaba en la cafetería que se cayó y se le vino una viga encima.

A mí lo que me interesa no es que mi historia dé lastima, sino contar todas las bendiciones que han venido desde entonces.

A Juan Carlos, que sobrevivió, le tocó en el Hospital Militar, allí había un congreso de traumas de guerra, donde atienden a las víctimas de los grandes conflictos. Si él no llega a ese hospital, se muere.

Estaba prácticamente muerto. Cuando le inducen el coma, se supone que debe despertar a los dos días pero dura así 13 días y luego despierta.

A los dos años hablé con el médico que lo salvó, era un judío. Él recordó que en ese momento debía entubarlo. Fue gracias a esa decisión que se salvó.

Mi hijo tuvo un impacto en el cráneo y el resultado fue que quedó, después de que fue dado de alta, como un bebé. La vista, los oídos: todo quedó afectado. No podía hablar, ni caminar. Pero la recuperación de él fue milagrosa.

A los pocos años se gradúo de la universidad con el apoyo de sus amigos, que incluso llegaron a perder semestres completos solo por acompañarlo y ayudarlo con la universidad.

Al entierro de Alejandro fue una cantidad de personas impresionante. El Cantón Norte estaba lleno, el tráfico colapsó ese día. Fueron a acompañarme personas que hacia 40 años no veía. He sido bendecida y mi pena emocional fue muy corta.

La fortaleza y la cordura me acompañaron siempre en el camino de la sanación.

POR: EL TIEMPO

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